EL TUNEL B28

Un túnel inexplorado cerca del extremo sur de la pirámide. Un día muy afortunado, pensaba Felipe. Algunos arqueólogos aseguraban que en la península de Yucatán solo se había descubierto la mitad de las pirámides existentes, y Felipe era uno de ellos. Un osado arqueólogo al que le decían el gato, porque siempre estaba acompañado de su gatita persa llamada Sandra, nombre con el que le había bautizado, en honor a su fallecida y amada esposa dos años atrás. Y es que la gatita no solo era una compañía, gracias a su agudo olfato, habían descubierto el pasadizo que desembocaba en el recién descubierto túnel.

            —Si no me equivoco, lo que parece ser una colina al lado de la pirámide B2-7, debe ser otra pirámide. Quizá encuentre la B2-8 gracias a este túnel —dijo Felipe a su ayudante Omar—, ponle B28 sin el guion a este túnel por si acaso. B 2 8 sin el guion, ¿si me entendiste? —Y emocionado agregó—: ¡mira esos jeroglíficos!, parecen ser de antes de los Mayas, ¡quizá de antes de los Toltecas!

            La excitada mente de Felipe trabajaba más rápido que el ojo de una mosca: en la B2-7 habían unas figuras extrañas, es necesario estudiarlas más, pero si mi intuición no me falla, hacían una descripción de las pirámides como si se trataran de naves espaciales, cavilaba sin atreverse a decirle nada al tarado de Omar, por temor a que lo mirara extraño o lo tachara de loco. En todo caso, este túnel también era diferente a los otros: En la parte más alta del techo había un soporte central horizontal, del que se desprendían otras columnas curvas más delgadas, con demasiada perfección en la simetría. Por un momento tuvo la impresión de estar dentro de la costilla de un gigantosaurio argentino. Comenzó a examinar algunos jeroglíficos al costado derecho, mientras Sandra se escabullía a explorar el túnel, adelantándose a su amo.

            Omar, un hombre pequeño, obeso y peludo, sudaba copiosamente por el calor reinante y la evidente falta de oxígeno. Limpiando su frente y su bigote, dudó por un momento hasta que sintiéndose desfallecer, dijo con voz cansada a su jefe:

            —¡Ejem!… Me imagino que se tomará un rato para mirar esos dibujitos… Estaré afuera en el campamento jefe, por si me necesita…

            Y salió apresurado jadeando al tiempo que se aplicaba su medicamento nasal y murmuraba:

          —Alérgico a los felinos y justo me toca acompañar a un tipo que se cree un gato, enamorado de su minina Sandra. Mañana voy a pedir a la agencia mi traslado.

          Felipe quien había ignorado completamente a su poco útil asistente, estaba concentrado en algunos símbolos a los que no les encontraba sentido. Miraba en vano su libreta de apuntes una y otra vez, tratando de encontrar algo que le diera una pista. Utilizando una brocha continuó quitando el polvo a otros símbolos que quedaron al descubierto: eran dibujos exquisitos: extrañamente parecían tener las mismas dimensiones en altura y ancho, incluso en profundidad. Era como si hubieran sido impresos allí en piedra. Sintiéndose un poco frustrado por no poder lograr traducir nada, se dejó caer al piso cruzando las piernas justo en el momento en que Sandra llegaba y se sentaba a su lado.

          —Haaa… —suspiró Mientras acariciaba el lomo de su gatita—. Como te extraño mi Sandra desearía que estuvieras aquí en vez de ese pelmazo de ayudante que tengo. Si continuaras viva, con tu pericia como arqueóloga ya hubieras tomado unas fotos, y estarías analizando los símbolos contra todas las bases de datos. Eras muy organizada mi Sandra: ya tendrías todo listo para la prensa, habrías redactado el discurso y ya tendrías preparada la cena… Quizá tu —dirigiéndose a su mascota— no existieras, quizá en vez tendría una hija con tus mismos ojos… —dijo mientras miraba los expresivos ojos miel de su gatita. Ha… me moriría de solo verlos…

          El hombre suspiró una vez más y se puso en pie ayudándose un poco con la pared donde recién había limpiado algunos símbolos. No terminó de incorporarse, cuando notó que algunos símbolos que presionaba con su mano se iluminaron con una débil luz ocre, al tiempo que escuchaba un leve zumbido que espantó a Sandra. Su mente quedó desorientada. Por un momento tuvo que cerrar los ojos y en su cerebro aparecieron millones de imágenes: eran del mismo túnel pero con distintas configuraciones y formas. También los símbolos eran diferentes o en diferentes combinaciones, incluso en algunas de ellas alcanzó a traducir algo así como… opción de recinto… o colapso cuantos…o espacio de átomos… Pero eso no tenía nada de lógica ¿símbolos Toltecas hablando de átomos?, como tampoco tenía sentido que unos símbolos de piedra se iluminaran.

          Abrió los ojos. Los símbolos seguían allí cubiertos con algo de polvo, pero no había ninguna luz encendida. Volvió a tocar algunos de ellos pero no sucedió nada. La falta de oxígeno está jugando con mi mente, más vale salir de aquí lo antes posible antes de que pierda el sentido, pensó Felipe cubriendo su nariz con un pañuelo, mientras apuraba el paso para alcanzar el pasadizo de salida. 

          Una larga bocanada de aire fresco impregnado de selva trajo a Felipe de nuevo a este mundo, apenas salió del pasadizo. No vio a Sandra por ningún lado, por lo que supuso que había regresado al campamento, tal vez, buscando algo de comida. Observó que alguien se había encargado de retirar un poco la maleza del camino de regreso. Bueno, es la primera vez que veo algo de iniciativa en el imbécil de mi ayudante, pensó. Al salvar los cien metros que le separaban del campamento, notó algo diferente: no supo explicar que era, pero todo lucía más limpio, más ordenado. Felipe no daba crédito a lo que veía: fotos de los símbolos que recién había visto en el túnel. ¿A qué horas las tomó Omar? También advirtió en el computador la base de datos, mostrando la traducción de algunos símbolos, y al lado, varias hojas con un texto que parecía un… ¿discurso? El tarado del Omar sí que era una sorpresa. Quizá debería comenzar a tratarlo mejor, pensaba Felipe, cuando fue sorprendido por el delicioso olor de algo como un guisado de pollo con papas, su comida favorita. Cerrando los ojos aspiró largamente el sabroso aroma que de inmediato lo transportó a su casa en Bogotá, y entonces un afilado cuchillo hirviente le quemó las entrañas al evocar los cálidos ojos de su mujer, luego su sonrisa y después la palidez de su piel cuando moría de cáncer en el hospital. Escuchó la voz de Sandra que le decía:

          —Siéntate amor, ya estoy contigo. ¿Viste?, los símbolos hablan de algo de física cuántica. Ya avisé a la prensa vienen mañana a las ocho. ¿Nena? Ve y siéntate con tu papi.

          Felipe salió de su ensueño bruscamente. ¿Qué? ¿Física cuántica? ¿La prensa? ¿Una nena? Entró apresurado a la pequeña cocina y vio a su rolliza esposa con un delantal blanco llevando un par de cervezas en dirección al comedor. El hombre sin una gota de sangre en la cara, se quedó mirándola completamente espantado.

          —¿Qué te pasa? ¿Descubriste algo más en el túnel? —Dijo Sandra su mujer, aproximándose a abrazarlo.

          —Yo…yo… —trató de decir algo, pero sintió que sus fuerzas lo abandonaban y cayó en los brazos de su esposa, quien tuvo que dejar caer las botellas para poder sostener a su compañero.

          —¿Qué tienes amor? ¡Estás muy pálido!

          —Sandra… mi Sandra… ¡pero si yo te enterré hace dos años! —dijo Felipe acariciando nerviosamente las mejillas de su esposa.

          —¿Te pasó algo en el túnel? —Dijo la mujer con cara de preocupación, mientras trataba de sentar a su esposo en el piso— ¡respira profundo! —Y abalanzándose a la cocina agregó—: ya te traigo agua.

          A pesar del mareo que sentía, el hombre logró incorporarse. Escuchó unos pasos: no eran los de su esposa. El sonido de las botellas al caer al piso había llamado la atención de una pequeña criatura que se acercaba corriendo hacia él. No era su gatita Sandra, era una niña de unos dos años de edad que lo abrazó con fuerza

          —¿Te caíste papi? Yo me caigo todos los días, tengo raspones aquí y aquí… —dijo la niña, la viva imagen de su esposa, guardadas las proporciones, mientras le mostraba una herida en el codo y otra en la rodilla. Sandra ya había regresado sosteniendo un vaso con agua.

          El hombre no lo podía creer. Si bien ahora entendía que Omar seguía siendo un inútil, le parecía que todo esto era una alucinación, quizá causada por algo en el aire del túnel. Su esposa, su hija, tal y como él lo había soñado… y ¿Sandra su gatita?

          Entonces sucedió: Su pequeña niña levantó la mirada y allí estaban esos ojos, los mismos expresivos ojos miel con los que había soñado. El hombre cayó de espaldas golpeando con un sonido seco el piso de madera.

          Seis meses después de haber traducido los símbolos del túnel B28, El nuevo ayudante de Sandra, Omar, un hombre alto, flaco y de mirada inteligente, enteraba a la prensa de los descubrimientos: se trataba de una cámara milenaria construida por quien sabe quién hace cuatrocientos mil años, cuya única función era producir colapsos cuánticos. Una persona podía ingresar a dicho recinto, desear con vehemencia un universo diferente al suyo, presionar algunos símbolos y de inmediato un colapso cuántico crearía una nueva realidad ajustada a sus deseos, hasta en el último detalle. Lo que ellos no sabían, era si en realidad funcionaba, o había funcionado alguna vez.

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