INFRACTOR LIGHT

Un servidor:

La siguiente, querido lector, es una historia que le ocurrió a un pequeño delincuente vecino, que fue mi amigo hasta que supe que era un ladrón, por supuesto, y en la que quedará demostrado que cuando uno no hace bien su trabajo, cualquiera que sea, puede ser expuesto por el jefe, cliente o víctima, a buscarse otra forma de vida. Cedo pues la palabra al personaje en cuestión, cuyo nombre es Francisco (que le dicen Pacho), y quien me contó su hazaña vía telefónica, porque como es de esperarse, ya no lo dejo entrar en mi casa.

Pacho:           

La victima que yo había elegido se bajó del bus articulado a las diez y cinco de la noche en la calle diecinueve con caracas, caminó por la diecinueve hasta la carrera sexta, y luego giró a la derecha. Yo, que había visto de reojo en su maletín un interesante teléfono celular de última generación por el que me darían unos buenos pesos, no dudé en apearme en la misma estación, y a prudente distancia para no despertar sospechas, lo seguí hasta encontrar una buena oportunidad para atacar.

La posibilidad se dio sobre la sexta, que a esa hora estaba solitaria y cubierta por la penumbra que me habían entregado las lámparas apedreadas por vándalos callejeros. Apuré el paso a la vez que revelaba mi herramienta de trabajo: una hermosa navaja suiza de siete funciones, que orgullosamente le había robado a un vecino, cierto día que me dio papaya en su casa. Con la mano izquierda agarré el cuello de su camisa, mientras que con la derecha, ubiqué el puñal en la región baja de su espalda. Observé los alrededores libres de ojos que me pudieran acusar, y con voz calmada pero firme, le dije:

—Ni se le vaya a ocurrir gritar. Lo único que quiero es que me entregue el celular. Si piensa hacer alguna pendejada, le entierro la navaja y de todas maneras me llevo su teléfono. ¿Me entendió?

El hombre levantó con suavidad las manos como si yo le estuviera apuntando con un arma, dio la vuelta despacio, se sorbió los mocos, y cuando levantó la mirada, me di cuenta que estaba llorando. Me sentí un poco perturbado, pues no esperaba para nada esta reacción. El hombre se dejó caer poniendo la rodilla derecha en el suelo en señal de sometimiento, y con una vocecita quebrada que apenas alcancé a escuchar me dijo:

—Hermano, que pena con usted. Es que estoy pasando por una situación muy berraca. Mi mamá se murió de cáncer justo ayer, después de casi un año de sufrimiento. Me echaron del trabajo por capar, precisamente para poder ayudarla. Me quitaron la piecita que estaba pagando porque quedé en la inmunda, endeudado hasta el copete. Mis amigos no me hablan porque a todos les debo plata, y justo ahora, estaba pensando en suicidarme. Aquí tengo unas píldoras con cianuro, vea. Pero gracias a Dios, llegó alguien como usted, hermano. Acabe conmigo, termine de una buena vez con esta infame situación que ya no soporto más.

Mi trabajo por supuesto, es el de equilibrar recursos monetarios, despojando a la gente lo que les sobra. Pero asesino si no soy. Miré con ansiedad a lado y lado. Había gente pasando allá por la esquina de la diecinueve, y me parecía que ya iban a girar en nuestra dirección. Este trabajo estaba demorando mucho y este man no colaboraba. Sintiendo mi corazón acelerado por el afán, insistí:

—Colabore, colabore, bájese del celular —dije poniendo la cara más trascendental y agresiva que pude, a la vez que le mostraba la hermosa navaja suiza, la que le bajé al vecino.

—Vea hermano, llévese todo lo que tengo y luego acabe con este sufrimiento tan tenaz. Aquí donde me ve, no he comido desde ayer. Tengo mucha hambre. En este momento, lo único que tengo en este mundo es a usted —dijo el pobre desdichado, que ya me empezaba a dar lástima. Sobre todo porque mi mamá recién había salido del hospital malita del estómago por causa del helicopter bateri, ese bicho que todos tenemos en el estómago, pero que a algunos se les alborota. Y yo sé lo que es estar sin trabajo. Por fortuna, las leyes y los jueces de este país ya nos están dejando trabajar tranquilos. Ahora si la tomba nos agarra, el juez al otro día nos deja libres porque no somos un peligro para la sociedad. Y es cierto. Robar un dinerito, un telefonito, un computadorcito, o dar una que otra cuchilladita no le hace daño a nadie, y en cambio nosotros si podemos tener un empleo digno ¿sí o no?

La cosa se comenzó a poner peluda cuando este man comenzó a quitarse la camisa, los tenis, el pantalón, las medias, y me lo dejó todo al lado del morral. Luego con un salto felino me abrazó llorando ¡en calzoncillos! Una pareja que había doblado la esquina nos miró de arriba abajo, con ojos de perro a cuadros, mientras yo con la agilidad que me caracteriza, guardé la navaja en el bolsillo y levanté la mano en señal de saludo. Me sonrieron y siguieron su camino, seguramente pensando en que éramos un dueto aprovechando la oscuridad. Yo la verdad me sentía más encartado que congresista manejando borracho, ya no sabía qué hacer con este pobre infeliz. Al final decidí abrazarlo y darle unas palmaditas en la espalda porque aunque no lo crea, yo también tengo mi corazoncito.

—Oiga hermano, fresco, yo me imagino como se siente. Vea —dije sacando del bolsillo mi cartera y ofreciéndole un billete de cinco mil. Vaya, cómprese un par de empanadas con gaseosa, coma algo. Lo que usted está pensando no es la solución. Yo no lo voy a pasar al papayo porque no soy un criminal; infractor light de pronto, pero no hasta allá. Eso no va conmigo. Y si se suicida, se va directo al infierno y ahí va a sufrir mucho. Puede que hasta terminen asándolo en un caldero con aceite caliente ¿me entiende? Por lo demás, usted no me ha visto, yo no lo he visto, aquí no pasó nada… ¿si me explico?

—Gracias, gracias —dijo el hombre dándome un sonoro beso en la mejilla—, chuchito se lo agradecerá. Yo que quería acabar con mi vida, pero usted me dio ánimos. Le prometo que voy a tratar de comenzar una nueva vida —Y esta vez me asestó un beso en la frente.

Me alejé despacio hasta la esquina de la diecinueve mirando de reojo de vez en cuando al caballero, que con suma rapidez se vistió, tomó su morral y caminó, casi corriendo por la sexta en dirección sur. Yo la verdad, no logré unos pesitos en este trabajo, pero me sentí muy orgulloso de poder ayudar a una pobre alma en desgracia. Respiré profundo mirando la imponente luna llena que volaba por encima de los edificios mientras giraba hacia el occidente buscando otra víctima. Metí la mano al bolsillo para buscar la navaja, pero curiosamente no la encontré. Angustiado, revisé de nuevo y de nuevo, encontrándome con que mi billetera y mi celular también habían desaparecido. ¿Se me habrían caído por descuido? Me devolví lo más rápido que pude, y al llegar a la esquina de la sexta casi me atropella un automóvil bastante lujoso, que frenó bruscamente. El conductor bajó el vidrio eléctrico y me botó un papel pequeño y una moneda. No alcancé a divisar su cara, pero si reconocí su voz, era el mismo hombre al que yo había salvado. Después de que aceleró nuevamente, recogí el papel y una moneda de quinientos pesos.

El papel decía: “Parqueadero la Sexta”, y luego se veía un cobro por cuatro mil quinientos pesos. No sé por qué me entró una sensación molesta como de arrepentimiento. Pero lo peor era que ahora sin papeles, sin plata y sin mi hermosa navaja, tendría que caminar al menos ochenta cuadras exponiéndome a la cada vez más solitaria noche, quizá plagada de peligrosos ladrones.

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2 comments on “INFRACTOR LIGHTAdd yours →

  1. Mucho sabor debo añadir a las personalidades que tienen los dos narradores.

    Me hizo sonreír bastante y la lectura fue muy amena con una narración bastante sencilla y fluida. Es un cuento con una ambientación bastante clara y me pude ubicar con claridad en la ciudad en donde estaba el ladrón ejerciendo su oficio.

    Hay unas pequeñas cosas de puntuación al comienzo del párrafo del segundo narrador que consideraría, pero de resto, me gustó bastante.

    Felicitaciones Ariel.

  2. Hola Ariel
    Muy bien por reto. No se pierde el hilo. Lo mantiene a u no interesado y se nota tu caracterísstico humor negro.
    A Yaneth le gustó mucho como reflejas la situación del país.
    Como siempre excelente.
    Comentarios:
    -La voz del ladrón debe ser más creíble. Es decir menos educado.
    Te extrañamos, un abrazo
    Todos

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