ENTRE PIELES

ENTRE PIELES

María Jimena Guzmán Pacheco

Después de tanto tiempo de investigación y seguimiento encubierto, decidió que la mejor y única forma para cumplir con lo que se había propuesto, era llevar a cabo la suplantación de Sir Robert Caversham. Un psiquiatra que había preferido dedicarse a la docencia, ya que nunca había contado con la habilidad de mantener una visión subjetiva de sus pacientes, y no verse envuelto al mismo tiempo por las cargas emocionales de éstos. Siendo así, la pantomima se reducía únicamente a representar el papel del tutor, que buscaría ilustrarse cada vez más para no quedarse atrás de los avances científicos de sus colegas, permitiéndose asistir a otros seminarios, que le pudiesen servir de apoyo para optar por la dirección de la facultad. Sin embargo, sus ambiciones realmente eran muy diferentes. Con esta usurpación, le sería muy sencillo acceder a los recursos que por género le habían sido negados desde siempre. Podría ir libremente tomando notas de los que se habían colocado en la cima del conocimiento, con la total seguridad de que no sabrían realmente quién era. Participaría activamente en las discusiones de las que le había estado prohibida la entrada, e intentaría, si se daba la oportunidad, de ver cómo se realizaba durante una autopsia, la separación de la bóveda craneal para exponer con claridad el cerebro del sujeto.

Sin tener que esforzarse mucho para disimular sus curvas y atributos, había logrado con gran aceptación el desenvolverse dentro de la Facultad de Psiquiatría bajo el nombre rústico de Gregory Shepard. No era nadie importante. Se trataba realmente del chico que se encargaba de cuidar los jardines tres veces al mes, podando adecuadamente y para el gusto del decano, los arbustos que demarcaban con sutileza el camino hacia el edificio principal. Cuando terminaba con sus labores, solía escabullirse hasta el auditorio donde Sir Caversham dictaba su cátedra sin falta los días lunes, martes y viernes. Sentándose al fondo, donde la luz no llegaba, durante las dos o tres horas que lo escuchaba hablar sin parar, se enfocaba con primordialidad en estudiar sus ademanes, en perfilar la precisión con que hacía énfasis en algunas de las palabras, y en no olvidar la evidente falta de cortesía que tenía con sus alumnos.

Gregory sabía que la vida de su títere no se reducía exclusivamente a la docencia, sino que había aprendido que aquel hombre, que no era para nada casto, frecuentaba cada domingo después de las 5:00 de la tarde, lugares en busca de una amante pasajera que le refrescara su insulso miembro. Con el fin de aclarar cómo es que su primordial personaje cobraría forma, tendría que detallarlo a la perfección.

Por triste que le pudiera parecer, la realidad era que debía recurrir a ese instinto cavernal con el que la humanidad había crecido, y por el que seguramente mucha de la maldad que habitaba en el mundo, era activamente practicante. El deseo insaciable del dominio sobre otro cuerpo, la humillación y el placer de lo prohibido, hacía que el amor se viese completamente reducido-sino casi por completo extinto- a un simple concepto de los poetas latinos.

Estaba decidida a pasar por tal humillación para que no solo fuese suficiente el parecido entre ellos dos en cuanto a complexión y color de ojos, sino para que cualquiera que la viera, pudiese asegurar que se trataba del mismísimo profesor. Ya había practicado sin cesar el tono adecuado de voz, mientras que frente a su espejo, los recursos de maquillaje que se pegaban ahora con más fluidez, le daban una apariencia más cercana a las arrugas y expresiones que le había visto hacer.

Se encontraron en Whitechapel bajo una tormenta que asediando las calles, no dejaba que el negocio fluctuara con gracia, y ella siendo casi la única en pie para consolar a un pobre desdichado, logró llamar su atención para que sin prisa, aquel desconocido rodara su dinero de manera sutil entre su escote, mientras que él, dentro del coche, le hiciese sugerencias al oído para amenizar el camino. Una vez arribaron a unas cuantas cuadras de donde estaba, ella no demoró mucho en deshacerse de su sencillo vestido y sacar de su pequeño bolso un frasco con el que humedeció- sin que él se diese cuenta- un poco el pañuelo amarillo que había sacado de uno de los cofres que había conservado de su madre. Sin ninguna prisa rodeó su cuello con ternura y extendiendo con firmeza su mano, le tapó la nariz y la boca, envolviéndolo con un olor agradable, pero sabiendo que aunque su sabor fuera dulce, le produciría a Sir Caversham, un terrible ardor en la garganta.

El cloroformo rápidamente surtió efecto, y su víctima había quedado desprotegida para que ella, con la mayor diligencia posible, hiciera un molde de su rostro y robara de su armario, dos o tres trajes casuales, un par de zapatos y un simple corbatín negro.

CONTINUARÁ …

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1 comment on “ENTRE PIELESAdd yours →

  1. Hola Maria Jimena, es un gusto tenerte aqui en el blog. Bienvenida.

    Respecto al relato, da la impresión de ser la primera escena del tercer capítulo de una novela. Sin embargo, por si solo relata la suplantación de un hombre por una mujer, con una misión que no se conoce, ambientada a principios de siglo, digo yo, por aquello de la no aceptación del genero femenino en la universidad. Por lo demás utilizas un lenguaje adecuado y bien logrado, y sin falta en la puntuación. El personaje de Robert está claramente dibujado, y queda la expectativa de quien es realmente Gregory: ¿una delincuente o una detective? Felicidades, y de nuevo bienvenida.

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