TODO ESTÁ DENTRO DE TI, EL ANILLO PERDIDO Y EL ARPA QUE FALTA

Junto a una compañera de trabajo que era vegetariana, astrologa y medio bruja, Filemón asistía a interesantísimos seminarios y talleres sobre macrobiótica, feng shui, vidas pasadas, chakras, I Ching, Zen, yoga, chamanismo y su preferido: sexo tántrico. Como resultado de esto, el hombre con el ego abultado, se creía mejor y más espiritual que la mayoría de las personas a su alrededor, a quienes veía como seres primitivos, aunque eran más felices y ganaban más dinero que él. Y es que, el hombre odiaba su trabajo de servidor público sin ascensos y con un sueldo de hambre, por lo que vivía bastante resentido y malhumorado con todo el mundo. La relación que tenía consigo mismo era aún peor, pues se culpaba a diario por la creciente cobardía que le impedía enfrentar al tirano de su jefe, que lo trataba como a un esclavo. Un día descubrió que había una muy pequeña, y a veces molesta, vocecilla que venia del área de su corazón, y que parecía decirle: “Busca por dentro, todo está dentro de ti”.

Un aburridor domingo, Filemón se lo pensó bien, y haciendo caso a la pequeña voz, decidió echar una ojeada: escudriñó su ombligo por un momento, comprendiendo que por allí no podía comenzar. Por allá más abajo no me atrevo, pensó, así que inició por la boca. Abrió lo más que pudo las mandíbulas, dobló los ojos acercándolos más y más, hasta lograr ver la lengua, luego el paladar, las amígdalas. La nariz se le quedó un poco trabada en los dientes, pero halando con el ojo derecho, logró que ingresara. Siguió observando la faringe y luego el estrecho esófago, mientras su cara se doblaba dentro de su boca, y luego su mandíbula se deslizaba hasta el píloro. Al fin llegó al estómago, donde enseguida se deslizó al duodeno para, doblando la cuadra, tapar con un dedo el orificio de la vesícula biliar, antes de que saliera ese líquido con olor a vómito. Definitivamente no era momento para ponerse a vomitar. Continuó explorando el yeyuno, el íleon, el ciego, sacó tres semillas de maní del apéndice, sin darse cuenta que el anillo de matrimonio se deslizaba y se le quedaba allí. Se resbaló entonces en el colon ascendente con más espacio, donde se acomodó mejor, pues un par de vertebras de su columna dorsal, que ya había penetrado hasta el estómago, le estaban tirando un poco. Cuando volteó la esquina del colon transverso, tuvo que taparse la nariz. No sabía si terminar el recorrido o devolverse. Lo pensó tres millonésimas de segundo y decidió salir. Se demoró unos cinco minutos más hasta que los pies terminaran el recorrido, y luego, era más que justo darse un buen baño. Había visto por completo el interior de su cuerpo pero no halló nada especial. “Todo está dentro de ti”, recordó de nuevo, ¿a qué se refería esa pequeña voz?

Afuera no había nada, y dentro de su cuerpo tampoco. ¿Quizás en la mente? Se ubicó en posición de loto, se concentró en su respiración: tres seis tres seis… relajación total, quietos los pensamientos, inactivadas las emociones, y allí estaba frente a su yo más profundo. ¿Qué buscas?, preguntó una voz a su derecha. Busco…la verdad es que no sé lo que estoy buscando, pero tengo que encontrarlo aquí…, dijo Filemón. ¿No sabes lo que buscas?, dijo otra voz a su izquierda. Ahí está pintado, no sabe lo que quiere, y yo enviándole mensajes todos los días, interrumpió otra voz ubicada abajo. Yo le envío imágenes en sueños, pero tampoco los recuerda, dijo otra voz ubicada arriba. Pero es que entenderlo a usted es muy complicado, dijo la voz de la izquierda. Es por que usted no deja escuchar. Se la pasa parloteando todo el día y moviéndose como un mono de rama en rama, dijo la voz de la derecha. ¡Ah, no, miren quien habla!, el que se creé mucho, el inflado. ¿Ya le han dicho que usted no existe?, ¿qué usted es solo creación mía? Usted no hable mucho, bueno, es que pedirle a este lorito que se calle es mucho decir, dijo la voz de abajo. Bueno ya. Recuerden que yo los inventé a todos ustedes, dijo la voz de arriba. En ese momento sonó una alarma y Filemón salió de su trance sin recordar nada. Parece que dentro de mí mente tampoco está la respuesta, reflexionó, y siguió pensando: ¿De dónde sale eso de que todo está dentro de mí?

Cierto día, el hombre salió a trabajar como de costumbre. Subiendo a un autobús, prevenido, creyendo que quizá en uno de esos transportes había perdido su anillo de matrimonio, pagó con un billete nuevo al conductor, quien muy receloso le preguntó si el billete era falso. Filemón, con sus acostumbradas suaves maneras, montó en cólera y arrebató el billete de las manos del chófer, al tiempo que se imaginaba dándole un puntapié en la espalda. El conductor cabreado, con la bilis en la cara, a pesar de que iba con exceso de velocidad, como si hubiera adivinado el pensamiento de Filemón, se empinó y corrió a perseguirlo. Filemón, sorprendido, se apresuró a correr al fondo del autobús, donde fue atrapado por las patadas y puñetazos del enfurecido conductor. El bus sin dirección, por supuesto, se salió del carril y se estrelló de frente contra un camión cargado de cerdos, que había sido robado por dos miserables delincuentes, quienes quedaron como estampillas y no pudieron ser diferenciados de la carga que llevaban. En cuanto a Filemón, corrió la misma suerte que los cerdos, el conductor y el resto de pasajeros. La velocidad mata (y la ira también). Sin embargo, se salvó de una cuchillada que le iba a dar el conductor, justo antes del siniestro.

Como Filemón era católico, cuando expiró, obviamente viajó por un túnel parecido al que lo había traído a la vida, solo que esta vez no sentía que lo querían echar a la calle, sino que por el contrario, cada vez se sentía más liviano, como si fuera un espíritu. “Es que eres un espíritu”, le explicó el ángel Escapulario-el, que estaba a cargo de recibirlo. Necesito un espejo, dijo el difunto. ¿Para qué?, replicó el ángel. Solo quiero ver, dijo Filemón. El hombre se contempló de arriba a abajo, de derecha a izquierda y también en diagonal. Era su ordinaria figura, solo que esta vez tenía una bata blanca, un aro de florecillas flotando por encima de su cabeza, y un par de alas. Observó muy bien su interior, puesto que allí era transparente. Solo vio luz, una luz muy brillante, que entre más la miraba, más quitaba la vista y turbaba la razón. “Todo está en tu interior”, seguía diciendo esa pequeña voz en su mente, hasta que se dio cuenta que ya no tenía cuerpo, ni tampoco mente y entonces la vocecilla por fin cesó.

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